
Ya conocéis buena parte de mi historia de vida… pero mis aventuras no terminan aquí. Todavía me queda un buen trecho por recorrer en esta senda de la vida, y mientras eso sea así, seguiré compartiendo con vosotras y vosotros las lecciones que voy aprendiendo.
Como sabéis, actualmente trabajo como Educador Social en un Centro de Protección de Menores. Es un trabajo duro y a veces agotador, no os voy a engañar, pero también es una de las cosas más valiosas que hago. Me permite, cada día, entregarme a quienes más lo necesitan, y eso da sentido a mis pasos.
Por eso, aunque termine cada jornada cansado, con mi enfermedad recordándome sus límites, nunca pienso en la jubilación, aunque ya podría hacerlo por edad. Todavía siento que tengo mucho que dar.
🏠 ¿Qué es un Centro de Protección?
Los Centros de Protección de Menores son lugares especiales. Aquí viven niños, niñas y adolescentes que, por distintas razones, no pueden estar con sus familias. En estos centros encuentran un hogar temporal, seguro y digno, mientras se busca la manera de que puedan volver a sus familias o encontrar un nuevo hogar donde crecer.
Yo trabajo en un Centro de Acogida Residencial, junto a un equipo de personas maravillosas: cocineras, psicólogas, maestras, conductores… y, por supuesto, educadores sociales como yo.
Cada una de nosotras y nosotros tenemos una misión importante: que cada niño y niña que llegue aquí se sienta protegido, escuchado y respetado.
👣 Su llegada
Cuando un menor llega por primera vez, nos organizamos para que la experiencia sea lo menos traumática posible. No es fácil para ellos: se enfrentan a un lugar desconocido, personas nuevas, normas que quizá nunca antes tuvieron. A menudo llegan con miedo y tristeza.
🌳 Diferentes maneras de cuidar
En nuestro equipo hay educadores de muchos tipos.
Algunos son como rocas: firmes, claros, marcando siempre los límites y las normas, para que los niños sientan seguridad y estructura, algo que muchos nunca tuvieron antes.
Otros somos más como nubes de algodón: suaves, pacientes, comprensivos. Estamos ahí para sostenerlos emocionalmente, para escuchar sin juzgar, para consolar cuando las lágrimas aparecen.

Ambos estilos son necesarios. La diversidad en el equipo ayuda a que los niños y niñas encuentren distintas formas de afecto, orientación y acompañamiento. Así, pueden adaptarse poco a poco a la vida, aprender a confiar y a crecer.
☁️ Y yo… soy nube de algodón
Si os preguntáis qué tipo de educador soy yo, os lo diré: soy nube de algodón.
Me gusta escuchar con calma, mirar más allá de la conducta para entender lo que siente esa criatura que tengo delante.
Porque muchas veces, tras una rabieta hay miedo. Tras un grito, una herida. Y tras una mirada desafiante, un corazón que solo pide un poco de ternura.
Ese es mi compromiso. Esa es mi manera de cuidar. Con suavidad, con escucha, con amor.
Y mientras pueda seguir siendo nube de algodón para ellos y ellas… seguiré caminando esta senda.
Po




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