
por José Poveda
Esta es la historia de Bagarok y Caciro, dos agricultores vecinos, empeñados en disputarse la propiedad de un pozo de agua clara. Cada uno poseía diez hectáreas de tierras fértiles, extendidas lado a lado: cien mil metros cuadrados de esfuerzo, sudor y esperanza.
Bagarok cultivaba un trigo dorado y jugoso, que vendía a la molinera para hacer el pan de cada día. Caciro, por su parte, cuidaba con esmero doscientos nogales frondosos, cuyas nueces alimentaban a sus animales y endulzaban los puestos del mercado de la Plaza Mayor de Celadilla.
Justo en la linde de sus fincas, brotaba un pozo de agua fresca. Su origen era un misterio: Bagarok juraba que lo había excavado su ancestro Habis, mientras que Caciro aseguraba que lo construyó su tatarabuela Dalenimar durante una gran sequía.
Lo cierto es que aquel pozo, en vez de ser bendición, se convirtió en motivo de discordia. Un día sí y otro también, los campesinos se lanzaban piedras y amenazas al intentar sacar agua, espantando a quien osaba acercarse. Y sin embargo, quienes probaban aquella agua decían que era la más pura y fresca que jamás habían bebido.
Al enterarse de semejante riña, la reina Kara decidió intervenir. Convocó a ambos y, tras escuchar sus argumentos, les propuso una solución ingeniosa para poner fin a tanto desatino.

Ordenó a la cocinera más renombrada de Celadilla, doña Aruningica, preparar un manjar con los productos de ambos, usando el agua del pozo como ingrediente esencial.
Aruningica, astuta y serena, llamó a su ayudante Biurbetin y le dio precisas instrucciones:
—Lleva el carro hasta la parcela de Bagarok y recoge trigo suficiente para moler dos kilos de harina, y algo más para el trueque. Luego, ve a los nogales de Caciro y recoge cincuenta nueces. Saca también un cubo grande de agua del pozo. Después, en el mercado, cambia un poco de harina y algunas nueces por un jarro de miel y otro de leche fresca.
Biurbetin obedeció. Llevó el trigo al molino de doña Kontrebiay, peló las nueces mientras la harina se molía, y en el mercado intercambió parte de lo recogido por miel y leche. Con todo ello volvió a la cocina del palacio y entregó los ingredientes a Aruningica.
La cocinera mezcló harina, miel, leche y nueces en proporciones secretas, amasó con agua clara del pozo, y horneó la masa en el horno de piedra, avivado con leña de olivo, durante dos largas horas. Al final, sacó un pan de nueces cuyo aroma habría despertado el apetito de un ejército entero.

Kara convocó de nuevo a los campesinos y les presentó el pan. Al probarlo, ambos se emocionaron: nunca habían sentido en la boca un sabor tan delicado, tan lleno de vida.
—Este pan —les dijo la reina— no lo hizo uno solo ni el otro. Lo hicieron juntos. Vuestros campos, vuestras manos y el agua que creíais dividir, han creado algo extraordinario cuando han trabajado unidos.
Bagarok y Caciro se miraron entonces con otros ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sonrieron y estrecharon las manos.
Porque así es: cuando dejamos de disputar por lo nuestro y nos ponemos a cooperar, el resultado es más grande y más hermoso que cualquier victoria en solitario.
«Esta antigua historia nos recuerda que, incluso en los conflictos de nuestro día a día, la solución a menudo reside en aquello que podemos construir juntos.»
“Cuando compartimos, creamos algo más grande que nosotros mismos.”




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