
Hay temas que me hieren tan hondo que me cuesta siquiera ponerlos en palabras. Pero callar también duele, y a veces es necesario gritar —aunque sea desde un humilde rincón digital— que hay cosas que no pueden normalizarse, que no podemos seguir aceptando como si fueran inevitables.
Las imágenes de la Franja de Gaza, las cifras heladoras de niños y niñas muertos, los hospitales en ruinas, las madres llorando sobre cuerpos diminutos cubiertos con sábanas grises… ¿cómo puede alguien contemplar eso sin romperse por dentro? Más de 13.000 niños muertos en pocos meses, según organismos internacionales. Y no hablo aquí de estadísticas: hablo de niños. De vidas pequeñas, con nombre, con una risa única, con sueños por vivir, que han sido arrancados de este mundo de la forma más brutal e injusta posible.
Yo no soy analista político ni diplomático. Pero sé, con la claridad que me dan mis años y mi conciencia, que bombardear indiscriminadamente poblaciones civiles no es solo una tragedia: es un crimen. Un crimen de guerra. Y sé que no basta con indignarse en privado mientras las potencias europeas, las mismas que se llenan la boca de derechos humanos, miran hacia otro lado.
¿Cómo hemos llegado a este punto, en el que los intereses económicos, las alianzas estratégicas y los cálculos geopolíticos pesan más que la vida de un niño? ¿Qué clase de humanidad es esta que calcula cuánta barbarie está dispuesta a tolerar para no incomodar a sus socios comerciales?
Siento vergüenza. Vergüenza de unos gobiernos europeos que han preferido proteger sus negocios de armas y su comodidad diplomática antes que alzar la voz y detener esta masacre. Siento indignación ante una clase política que ya ni siquiera parece capaz de ruborizarse mientras aprieta la mano de quienes lanzan bombas sobre escuelas y hospitales.
Y me pregunto si esta generación de líderes merece nuestro respeto. Si no nos corresponde, a los ciudadanos de a pie, recordarles que ningún poder justifica la deshumanización, que ningún cálculo político vale más que una sola vida humana.
Lo digo como abuelo, como educador social, como ser humano: no hay nada más sagrado que la infancia. Cuando una sociedad permite que se bombardee la infancia, ha perdido el norte. Y cuando la comunidad internacional calla, ese silencio la hace cómplice.
Por eso hoy, desde esta pequeña ventana, escribo para no callarme, para que quede al menos constancia de mi indignación y mi dolor. Para pedirte, lector, que no miremos hacia otro lado. Porque cada vez que un niño muere bajo las bombas, un poco de nuestra propia humanidad muere también.
No quiero acostumbrarme a la barbarie. No quiero que la indiferencia nos robe lo que nos hace humanos.
Porque un mundo que no protege a sus niños no tiene futuro. Y quienes lo consienten no merecen respeto: merecen nuestra denuncia.
«Este artículo refleja una opinión personal, nacida de la indignación y el dolor que producen las guerras y sus víctimas inocentes. No pretende más que invitar a la reflexión y al compromiso con la humanidad».
Po




Deja una respuesta