
En muchas ocasiones, pienso en aquellos muchachos que cruzan océanos y fronteras con más valor que abrigo. Vienen solos. Les llaman menores no acompañados, como si eso fuera solo una etiqueta administrativa. Pero yo los veo como lo que son: almas jóvenes, con los pies cansados y el corazón en vilo.
Llegar a un nuevo país debería ser un alivio. Pero para muchos, no es más que el primer paso en un camino aún más incierto. No traen maletas llenas. Traen lo puesto, algunos recuerdos y muchos miedos. Se enfrentan a otro idioma, otras reglas, otras formas de mirar. Y lo hacen sin una mano adulta que les diga: vas bien, hijo.
Yo he conocido a algunos de estos chicos. Algunos callan mucho, otros miran poco. Es como si no supieran si este nuevo mundo los quiere aquí. Y lo entiendo. Porque cuando uno llega solo, lo que más necesita no es comida o abrigo, sino alguien que le diga bienvenido con los ojos.
Acompañar no requiere magia
No se necesita una fórmula mágica para acompañar. Ni títulos, ni grandes discursos. Lo verdaderamente esencial es algo que no se enseña en los libros: la disposición del alma para estar presente. Porque acompañar no es resolver, ni dirigir, ni enseñar desde arriba. Es compartir el paso, aunque sea en silencio.
A veces, basta con mirar sin prejuicios. Porque cuando uno llega roto o herido, lo último que necesita es una mirada que ya ha decidido quién eres. Es tan simple como eso: mirar como quien quiere conocer, no como quien quiere juzgar.

Y luego, escuchar sin apuro. Qué valioso es ese tiempo regalado, ese espacio donde alguien siente que lo que tiene que decir —aunque no sea perfecto, aunque se quede a medio camino— es digno de atención. Escuchar de verdad, sin pensar en la respuesta, sin corregir la gramática, sin acelerar el relato.
Acompañar también es tender la mano sin condiciones. No para arrastrar, sino para decir: estoy aquí, si necesitas un apoyo. A veces esa mano no se toma de inmediato. Pero que esté ahí, visible, sincera, ya es consuelo.
Acercarse sin miedo ni etiquetas
Vivimos en tiempos de rótulos fáciles. Y cuando no entendemos algo, solemos etiquetarlo. Delincuente, conflictivo, inmigrante, menor no acompañado. Pero cada joven es más que un sustantivo. Es historia, es contexto, es lucha.
Por eso, acércate sin miedo. Porque el miedo se nota, y duele. Se huele como el rechazo. Acércate como te acercarías a cualquier persona nueva que podría enseñarte algo. Porque todos, incluso los más jóvenes, tienen algo que contarnos.
Y hazlo sin etiquetas, con los ojos abiertos a la persona, no al expediente y si las palabras no te salen claras, sé paciente. Recuerda que el lenguaje más importante no es el idioma, sino el tono, el gesto, la intención.
No les pidas velocidad. Dales el derecho a equivocarse, a buscar la palabra, a callar si aún no saben cómo decir. La confianza se construye sin prisas.
Y, sobre todo, mírales como mirarías a cualquier joven que sueña, que tropieza, que quiere crecer. No son sus heridas lo que los define, sino su capacidad de seguir caminando. Ver más allá del estigma es un acto profundo de humanidad.
Acompaña, por elección
Aunque algunos los llamen “no acompañados”, nosotros sí podemos elegir acompañarles. Podemos ser esa presencia tranquila que no exige, pero sí está. Esa figura que no impone, pero ofrece. Esa voz que no grita, pero sí anima.
Porque a veces no es necesario decir todo va a ir bien. Basta con decir: No estás solo. Y aquí estoy, si me necesitas.
—Po




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