
Era una tarde tranquila en el centro. Estábamos sentados en la sala común, el grupo de chicos y yo, repasando temas de actualidad para preparar una actividad de debate. Sobre la mesa, entre papeles y bolígrafos, había un folleto con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Ese día, también nos acompañaban otras menores del Hogar Azul, como solían hacer algunas tardes. Me comentaban que se sentían bien en el Hogar Verde y que les gustaban los debates semanales que manteníamos allí. Decían que no solo aprendían cosas nuevas, sino que también descubrían maneras diferentes de mirar el mundo y a las personas.
Uno de ellos, Mamath, cogió el folleto, lo hojeó en silencio y de pronto me miró con cierta incredulidad:
—Maestro… ¿y de verdad todo esto se cumple en el mundo?
No tuve que pensar mucho para responder.
—La verdad, Mamath, es que no. No siempre. Y ahí está el problema.
Abrimos el debate. Les expliqué que ese documento, firmado en 1948 después de la Segunda Guerra Mundial, era como una promesa colectiva: que ninguna persona, en ningún lugar, debería ser maltratada, perseguida, humillada o privada de lo básico para vivir.
Les conté que en el documento constaba de 30 artículos, y que todos —sin excepción— nos pertenecen por el simple hecho de ser humanos, sin importar dónde hayamos nacido, el color de nuestra piel, nuestra religión o nuestras ideas.
Pero pronto llegaron las preguntas difíciles:
—¿Y en Gaza? —preguntó María.
—¿Y en Ucrania? —añadió Ton.
—¿Y con los niños que mueren en el mar? —dijo en voz baja Sheila.
No quise suavizar la realidad: en todos esos lugares los derechos humanos se rompen cada día. Y lo peor no es solo que se rompan, sino que el mundo entero lo ve… y muchas veces mira hacia otro lado.
Les pedí que pensaran en algo: “Imaginad que un derecho es como una puerta que protege lo más valioso de cada persona: su vida, su dignidad, su libertad. Cuando esa puerta se abre para uno, debería abrirse para todos. Pero en las guerras, en la pobreza extrema, en la discriminación… esa puerta se cierra para millones de personas”.
Hablamos también de la deshumanización: de cómo, antes de violar los derechos de alguien, primero se les quita su rostro, su nombre, su historia. Así se convierte a las personas en “problemas”, en “riesgos” o en “daños colaterales”. Y entonces la empatía se evapora.
Terminamos la sesión con un acuerdo: cada uno elegiría un artículo de la Declaración y buscaría ejemplos de cómo se incumple… pero también de cómo alguien, en alguna parte, lucha por que se cumpla. Porque educar no es solo señalar la herida, sino también mostrar que siempre hay quien intenta curarla.
Antes de salir, Adrián volvió a mirar el folleto y me dijo:
—Entonces… si no se cumplen, ¿para qué sirven?
Le sonreí.
—Sirven para recordarnos lo que nunca deberíamos dejar de intentar. Aunque parezca que son papel mojado, cada vez que alguien los defiende, ese papel vuelve a tener valor.
Y así, en medio de la rutina del centro, entendimos juntos que los derechos humanos no caducan por las guerras o las fronteras, sino por la indiferencia. Y que nosotros, desde aquí, también podemos aprender a no mirar hacia otro lado.




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