
por el Abuelo Po
No hay muchas cosas que te dejen un nudo en el estómago como cuando un chico se escapa del centro. Da igual cuántas veces lo hayas vivido: cada vez duele igual.
En cuanto lo sabes, se activa el protocolo. Se llama al 112, se avisa a la Policía, se revisan las cámaras, se registran los datos. Todo funciona como debe. Pero mientras tanto, dentro de uno, se instala una sensación difícil de explicar.
No es miedo exactamente, aunque se le parece. Es una mezcla de preocupación, impotencia y tristeza. Piensas dónde estará, si tendrá frío, si alguien se aprovechará de su ingenuidad. Y mientras sigues haciendo lo que toca, hay una parte de ti que se queda esperando, en silencio, mirando por la ventana.
Lo que se escapa de verdad
Cuando un menor decide marcharse, no siempre huye del centro. A veces huye de su propia historia, de una discusión reciente, o simplemente de una sensación que no sabe poner en palabras. No lo hace para hacer daño, aunque a veces lo parezca. Lo hace porque no encuentra otra forma de decir que algo no va bien.
Por eso, más allá de los partes y los informes, lo importante es entender qué le llevó hasta ahí.
Esa es la parte que no se enseña en los cursos, pero que define nuestro trabajo.
Cuando vuelve
Hay fugas que duran horas, otras días. Al final, la mayoría vuelve. Algunos regresan solos, agotados y con los ojos bajos. Otros vienen acompañados por la Policía, con un silencio que pesa más que las palabras.
En ese momento, intento que mi primera reacción no sea un reproche. Le miro, respiro y digo algo tan simple como:
“Me alegra que estés bien.”
No es el momento de hablar de normas ni de sanciones. Es el momento de hacerle sentir que sigue teniendo un sitio, que no ha roto el vínculo. Ya habrá tiempo para analizar lo ocurrido, pero el primer mensaje tiene que ser de calma y confianza.
Lo que aprendo cada vez
Cada fuga me recuerda lo frágil que puede ser el equilibrio de un chico que ha pasado por demasiadas cosas. Y también me recuerda lo importante que es no perder la calma, incluso cuando la preocupación te aprieta por dentro.
He aprendido que acompañar no es vigilar, ni controlar, ni imponer. Acompañar es estar ahí cuando deciden volver. Y mantener la puerta abierta, sin juicios, para que puedan entrar sin miedo.
Lo que queda después
Cuando todo se calma y la casa recupera su ritmo, siempre queda un eco. Un pensamiento que ronda durante días: “¿Podría haber hecho algo más?”.
A veces sí, a veces no.
Pero lo que nunca cambia es la certeza de que cada chico que vuelve necesita más escucha y menos culpa.
En eso consiste el trabajo, y quizá también la vida: en seguir confiando, incluso cuando la confianza ha sido puesta a prueba.
Porque no hay educación sin esperanza, ni vínculo que resista sin paciencia.
Cada regreso, por difícil que sea, es también una oportunidad para empezar de nuevo, para mirar con otros ojos, para reparar lo que el miedo rompió. Y aunque a veces el cansancio pese, siempre merece la pena seguir creyendo que el afecto, cuando es sincero, deja una huella más fuerte que cualquier norma.




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