
Existe una costumbre que hemos ido perdiendo casi sin darnos cuenta. No ocurrió de un día para otro. No hubo una ley que la prohibiera ni una campaña que la desaconsejara. Simplemente dejamos de hacerlo.
Dejamos de sentarnos a escuchar a las personas mayores.
Recuerdo que, cuando era niño, los mayores hablaban y los pequeños escuchábamos. A veces aquellas conversaciones nos parecían interminables. Nos hablaban de tiempos difíciles, de trabajos que hoy resultarían impensables, de guerras que no comprendíamos o de una forma de vivir muy distinta a la nuestra. Entonces creíamos que eran historias viejas. Hoy comprendo que eran lecciones de vida.
Cada arruga escondía una experiencia.
Cada silencio tenía un motivo.
Cada consejo había sido escrito antes con esfuerzo, con renuncias y, muchas veces, con dolor.
Vivimos en una época extraordinaria. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. En apenas unos segundos podemos consultar cualquier dato, aprender una técnica o encontrar respuesta a casi cualquier duda. Sin embargo, cuanto más crece la información, más parece disminuir la sabiduría compartida.
Porque la información responde a preguntas y la experiencia enseña a formularlas. Tambien existe una diferencia enorme entre saber algo y haberlo vivido. Un abuelo no habla desde los libros. Habla desde las cicatrices y las cicatrices siempre tienen algo que enseñar.
Quizá por eso me preocupa comprobar cómo muchas personas mayores sienten que ya nadie les pregunta. Sus hijos viven deprisa. Sus nietos tienen el teléfono en la mano. Las conversaciones duran cada vez menos y los recuerdos encuentran menos espacio para salir.
No creo que sea falta de cariño, creo que, sencillamente, vivimos demasiado deprisa, tan deprisa que hemos olvidado que una de las mejores universidades está sentada muchas tardes en un banco de un parque.
Escuchar a una persona mayor no significa aceptar sin más todo lo que dice. Cada generación tiene sus aciertos y también sus errores. Pero incluso cuando no compartimos sus opiniones, merece la pena comprender de dónde vienen. Porque entender una vida siempre resulta más enriquecedor que juzgar una frase aislada.
Con frecuencia me pregunto cuántas historias desaparecerán el día que falten quienes todavía pueden contarlas. Historias de emigración, de pobreza, de solidaridad entre vecinos, de oficios desaparecidos, de amores que sobrevivieron a la distancia y de familias que aprendieron a salir adelante cuando apenas tenían nada.
Cuando una persona mayor muere, no solo desaparece una vida.
También desaparece una biblioteca que nunca volverá a escribirse igual.
Por eso me gusta animar a los nietos a hacer preguntas. A interesarse por la infancia de sus abuelos, por el primer trabajo que tuvieron, por el miedo más grande que sintieron o por el momento más feliz de su vida. No para vivir anclados en el pasado, sino para comprender mejor el presente.
Quizá descubramos entonces que la herencia más valiosa no cabe en una escritura, ni en una cuenta bancaria, ni en una caja fuerte.
Se transmite alrededor de una mesa.
En una conversación.
En una tarde cualquiera.
Y, sobre todo, en el tiempo que decidimos regalar a quienes un día dedicaron el suyo a cuidar de nosotros.
Porque llegará un momento en que ya no podamos hacerles más preguntas.
Y entonces comprenderemos que las respuestas que dejamos escapar eran, probablemente, las que más necesitábamos escuchar.




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