
En aquellos años no teníamos juguetes ni muchos materiales escolares, pero cuando mamá conseguía algo de dinero, nos compraba un álbum para colorear y una caja de lápices de colores.
¡Nos sentíamos tan felices! Porque lo mejor del mundo era estar con mamá. Y la verdad es que, no pedíamos mucho.
En otras ocasiones ocurrían cosas asombrosas y únicas. Tenía nueve años cuando el Apolo XI llevó a los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins a la Luna. (Aunque solo Aldrin y Armstrong la pisaron con sus botas de astronautas. Collins tuvo que quedarse en el cohete, vigilando que todo saliera bien).

Cuando Armstrong puso un pie en la Luna, pronunció su famosa frase:
“Este es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad.”
Tuve la suerte de verlo por una tele muy vieja, un auténtico trasto, que mamá consiguió. Aunque, si os soy sincero, no entendí bien la importancia de aquello… En el colegio no explicaban muchas cosas sobre el espacio.
¡Pero a mí me fascinaba la exploración espacial!
Soñaba con tener una maqueta del Módulo Lunar (todos los niños de aquellos años la queríamos). Pero como mamá no tenía dinero, tuve que esperar unos años. Cuando por fin pude comprarme una, ya no fue lo mismo… pero tenerla me hizo recordar aquellos momentos tan especiales.
El Módulo Lunar era la nave con la que llegaron a la Luna. Se llamaba L.E.M., que son las siglas de Lunar Excursion Module.

Vivíamos en una casa con una terraza muy grande, donde criamos unos pollitos muy simpáticos que mamá nos trajo del mercado de abastos (os la he dibujado). Es cierto que ahora está muy cochambrosa y deshabitada, pero en aquel entonces era nuestro hogar.
Los pollitos eran pequeños, amarillos y suaves. En poco tiempo les crecieron plumas blancas y de otros colores. Y un día, mamá nos dijo que los había comprado para cocinarlos. ¡Pero nosotras no estábamos dispuestas a permitirlo! Así que decidimos liberarlos.
Además, me acordaba de aquella lagartija que dejé escapar durante el experimento de ciencias… y para mí, los pollitos eran igual de valiosos.

Debajo de nuestra casa había un taller de coches que daba a un descampado (el jefe era quien nos regalaba las canicas de acero para jugar). Allí fue donde los soltamos una noche, para que huyeran de mamá, pero al día siguiente, cuando fuimos a buscarlos… ya habían desaparecido.¿?
En aquel pueblo —se llama Aspe—, mi escuela era diferente: mucho más amplia y luminosa. Además, los maestros no nos castigaban con la regla cuando cometíamos errores.
Tampoco era obligatorio cantar himnos patrióticos los sábados, aunque la imagen de Franco y una cruz de madera seguían colgadas en la clase. Fue allí donde aprendí a multiplicar y a dividir (aunque solo por una cifra).
Seguía la segregación por sexos: niños y niñas en aulas distintas.

Aunque crecí unos seis centímetros, aún no era muy alto y la pierna afectada por la polio no me causaba grandes molestias. Eso sí, seguía sin poder correr ni jugar al fútbol como los demás y es verdad que algunos niños aún se burlaban de mí, pero al menos ya no me golpeaban.
En ese cole viví algo que jamás he olvidado. Os lo cuento:
Casi todos los días teníamos clase de gimnasia. Nos hacían saltar un potro —como los que usan los atletas en las Olimpiadas—, hacer flexiones, dar volteretas en un colchón, mover los brazos arriba y abajo, y otros ejercicios sencillos.

Saltar el potro me costaba un poco, ya que no podía impulsarme con fuerza, pero las flexiones se me daban bastante bien.
Después salíamos al patio a correr en fila, uno detrás de otro. Como me costaba seguir el ritmo, solía ponerme al final, porque sabía que llegaría el último. Sin embargo, un día, justo antes de empezar una carrera, el compañero que tenía delante me miró… y me tendió la mano para que pudiera correr junto a él.
Me sorprendió, porque nadie antes había tenido un gesto así conmigo, pero acepté su ayuda… y terminamos la carrera juntos.
He recordado ese momento muchas veces.

Aquel gesto de compañerismo, en medio de la pista del colegio, dejó una huella profunda en mi memoria. Fue una señal clara de que, incluso en los momentos más difíciles, siempre puede aparecer alguien dispuesto a tenderte la mano.
Ese pequeño acto, tan sencillo como poderoso, despertó en mí un profundo sentido de solidaridad hacia quienes más lo necesitan.
Desde entonces, he valorado mucho más lo que significa acompañar, apoyar y no dejar atrás a nadie.
Debo deciros que en aquellos años difíciles, los días más especiales seguían siendo la Pascua, Navidad y la llegada de los Reyes Magos. Y aunque no recibíamos muchos juguetes, éramos felices junto a mamá… a pesar de todos los problemas.
💚 Consejo para la vida
Es posible que algún día os encontréis con niñas o niños que estén viviendo dificultades parecidas a las que atravesó nuestra familia.
Al leer el recorrido de vida del abuelo, comprenderéis por qué nunca debemos juzgar a nadie sin conocer su historia.




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