
El patio estaba tranquilo aquella tarde. El sol se colaba entre las ramas del viejo laurel, y un par de chicos jugaban al fútbol en una esquina. Me acerqué a una mesa donde estaba sentada una menor, dibujando en silencio.
—¿Qué pintas? —le pregunté, intentando adivinar las líneas.
—No es un dibujo… es mi nombre nuevo —respondió sin mirarme.
No era una cuestión de papeleo. Era un acto de identidad. Un paso tímido, pero enorme, que me recordó que mi trabajo no es corregir caminos, sino acompañarlos.
La sabiduría de esperar
Con los años he aprendido que la prisa es enemiga de la escucha. La identidad de género, en un menor que vive en un centro, no se “resuelve” en una conversación. Es un viaje. Y yo no soy el maquinista, sino el compañero que va en el asiento de al lado, atento a cada señal, a cada cambio de paisaje.
No pregunto para etiquetar, sino para entender. No opino para convencer, sino para ofrecer un espacio seguro donde la palabra no se rompa antes de llegar.
Cuidar sin invadir
Carla, al llegar, se empeñaba en esconder su cabello bajo la capucha. No quería explicaciones, solo que nadie la mirase raro. Entonces no le hice preguntas inmediatas, tampoco ahora, solo le ofrecí respeto, y desear que el tiempo haga su trabajo. Un día, en la sobremesa, me dijo:
—Ahora sí puedo contarte quién soy.
Ese día comprendí que acompañar es también saber esperar.
El centro como espejo
Lo que ocurre dentro de un centro refleja el mundo que queremos fuera. Si aquí respetamos, protegemos y damos nombre a cada identidad, les estamos enseñando que también allá fuera merecen lo mismo.
Eso implica formar a todo el equipo, evitar burlas, intervenir cuando hay desprecio y, sobre todo, demostrar con el ejemplo que la dignidad no es negociable.
Considera:
“Cuando un joven te confía quién es, te está entregando una llave. No la uses para abrir una puerta que no está lista, pero guárdala como el tesoro que es, y muéstrale que siempre podrá regresar a ti para seguir construyendo su casa interior.”




Deja una respuesta