
Y me he quedado quieto, mirando la pantalla, sin saber si sentir alivio o tristeza. Porque cuando una palabra tan grande se pronuncia después de tanto sufrimiento, suena a promesa, pero también a herida.
Los periódicos hablan de negociaciones, de acuerdos posibles, de fases y mediaciones.
Dicen que Israel y Hamás han vuelto a sentarse —aunque sea a distancia— y que algunos países intentan poner orden entre los escombros. Pero detrás de cada titular hay miles de vidas que ya no volverán a ser las mismas.
La paz no es un titular
He aprendido que la paz no llega de golpe, ni se firma en un papel. Se construye lentamente, entre la desconfianza, la rabia y el miedo.
Y, sobre todo, se educa.
Sin educación no hay paz duradera, porque nadie puede respetar lo que no entiende. Los niños que hoy crecen entre ruinas necesitan más que alimentos y medicinas: necesitan palabras, memoria, esperanza. Necesitan adultos que no solo reconstruyan edificios, sino también puentes entre personas.
Lo que la guerra deja en la piel
A veces miro las fotos de Gaza y me duele pensar que la infancia siga teniendo rostro de miedo. Niños que han aprendido demasiado pronto lo que significa perder, correr o esconderse. Mujeres que cargan con vidas enteras a sus espaldas. Ancianos que miran al cielo como si esperaran una explicación.
Y en medio de todo eso, hay algo que no se puede bombardear: la dignidad. Aun en la desesperación, la gente sigue queriendo vivir, seguir criando, seguir creyendo.
Lo que nos enseña todo esto
Desde mi oficio, no puedo mirar lo que ocurre en Gaza sin pensar en los chicos del centro. También ellos, a su manera, saben lo que es perder un hogar, vivir con miedo o aprender a desconfiar.
Por eso, cuando leo la palabra paz, pienso que la verdadera tarea del educador social es sostener la esperanza cuando el mundo parece haberse rendido.
Porque la paz no empieza en los despachos, sino en cada gesto de cuidado, en cada conversación que enseña a ponerse en el lugar del otro.
Ahí comienza todo.
Quizá algún día la palabra Gaza no se asocie a la guerra, sino a la reconstrucción. A escuelas abiertas, a voces de niños jugando, a familias que por fin puedan dormir sin miedo.
Hasta entonces, solo nos queda seguir creyendo.
Creer en el diálogo, en la educación, y en la obstinación de quienes, aun heridos, siguen apostando por la vida.
Porque la paz no se firma: se cultiva. Y, como todo lo que se cultiva, necesita manos limpias, tiempo y esperanza.




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