
Debéis tener presente que, con los años, las personas mayores tendemos a mirar hacia atrás con frecuencia. Pensamos en quienes amamos, recordamos los errores que nos enseñaron lecciones y también evocamos los logros que nos llenaron de orgullo.
Pero, debo confesaros que, a veces, la soledad es como una tormenta oscura, con un viento frío que sacude los recuerdos y apaga las voces del pasado. Es como quedar atrapado en el ojo de un huracán, donde todo gira sin rumbo y no podemos encontrar la salida.
Y cuando una persona mayor se encuentra atrapada en esa tormenta, es importante tenderle la mano.

A veces, un gesto sencillo puede convertirse en un faro de luz: un paseo, una conversación sincera, una merienda compartida. Un faro permanece firme en la tempestad, y guía a los navegantes en las noches oscuras.
Así es el amor, así es la compañía: una luz en medio de la niebla, un refugio para quienes han perdido el rumbo.
A mi siempre me han fascinado los faros. De niño soñaba con vivir en un faro, rodeado de libros de aventuras y el murmullo constante de las olas.
Con los años, aprendí mucho más sobre el trabajo del farero, los estudios que requiere y que no siempre es tan idílico como lo imaginaba.
Pero entonces, era solo un niño… y en mi imaginación todo era posible.
Y quizás por ello, incluso hoy, sigo creyendo que soñar es una forma de encender una luz en medio de la niebla. Una luz que te ayuda a salir del huracán.
Hace años visité un faro de verdad. Fui con Vicente —ya os escribiré de él— al faro de la Isla de la Conejera, al noroeste de Eivissa, la isla mágica de mi juventud. Es un islote rocoso donde solo se escuchan el viento, el mar… y el silencio.
Ese día lo recuerdo con una mezcla de asombro y paz. Subimos hasta donde se podía y, desde allí, contemplamos el mar extendiéndose hasta el horizonte. El faro se alzaba como un vigilante fuerte y seguro. En otra ocasión, también visité el faro de la Mola, en Formentera, junto a papa Dani. (Algunos dicen que allí se inspiró Julio Verne para su novela El faro del fin del mundo.
Compartir ese instante con él, frente al mar inmenso, fue como cumplir un sueño de siempre.

Os he dibujado el faro de Botafoc, en la entrada del puerto de Eivissa. Desde allí se ve la ciudad antigua, Dalt Vila, y las aguas transparentes que rodean la isla. Solía ir cuando necesitaba pensar.
El mar me calmaba… como si las olas se llevaran aquello que me inquietaba.
Y si algún día os sentís perdidas en mitad de una tormenta, pensad en las personas que os han guiado: una mirada, una mano, una historia compartida.
Y si aún no tenéis un faro favorito, imaginad algo que os haga sonreír: la cara divertida de un payaso, o un viaje imaginario por el espacio pilotando una nave estelar rumbo a mundos inventados por vosotras mismas.
Yo suelo imaginar que exploro planetas desconocidos en una nave cósmica construida por mí cuando no puedo dormir.
Pensamiento que me relaja y me hace sentir bien.




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