
Hay una parte de este trabajo que no aparece en ningún informe. No tiene casilla en ningún expediente, no se mide en ninguna memoria anual, y sin embargo es, para quienes trabajamos en un centro de protección de menores, una de las más reales.
Es lo que queda después.
Después de una visita difícil. Después de una noche complicada. Después de que las luces del centro se apaguen y, en apariencia, todo vuelva a la calma.
Porque la vida sigue en el centro, aunque se apaguen las luces. Pero queda algo flotando en el aire: preguntas sin respuesta, frases que no supieron dónde caer, miradas que se quedaron a medias.
Y, aunque uno se va a casa, no lo hace del todo. El cuerpo descansa; la cabeza tarda más. Hay días en que el trabajo no termina con el relevo, sino que continúa en silencio: mientras conduces, cuando cenas sin hambre, mientras intentas dormir… vuelven escenas que se quedan contigo, sin pedir permiso.
Al día siguiente, el centro vuelve a latir: las rutinas regresan, las normas reaparecen y los chicos se levantan como si nada hubiera pasado. En el desayuno hay un «buenos días» que suena más bajo; en el pasillo, una puerta se cierra con más fuerza de la necesaria; y, en el sofá, alguien mira la televisión sin ver nada.
No preguntas. No empujas. No rellenas el silencio. Pones la merienda, dejas un vaso cerca y te sientas a la distancia justa.
El dolor, a veces, no estalla: se queda ahí, esperando a que alguien no se retire.
La presencia que no se ve
Si algo he aprendido en todos estos años es que buena parte de lo que hacemos no consiste en resolver, sino en acompañar. No siempre hay una frase que arregle lo que un niño siente. No siempre hay una respuesta a la altura de su pregunta. Lo que sí hay, casi siempre, es la posibilidad de quedarse.
Los niños no entienden de expedientes, pero sí entienden de ausencias. Cuando duela, quedarse. No hacen falta discursos: un «estoy aquí» también cuida.
Esa es, quizás, la parte del oficio que menos se cuenta y más se sostiene: la que no deja rastro escrito, pero que el niño recuerda —aunque no sepa nombrarla— durante mucho más tiempo del que imaginamos.
Por eso escribo esto. Porque lo que queda cuando se apagan las luces no es un vacío. Es, casi siempre, la huella de haber estado.
Este texto está inspirado en un pasaje de mi ensayo Lo que queda cuando se apagan las luces, sobre la vida cotidiana en los centros de protección de menores.




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